Paso Pehuenche
Don Juan vive en el Paso Pehuenche desde siempre.
No dice “desde que nació”, dice “desde siempre”, como si el tiempo acá no se midiera en años sino en inviernos.
Su casa está cerca del camino, pero no tan cerca como para confiarse. Desde la ventana se ve la cordillera cerrarse cuando el clima cambia. Dice que antes no hacía falta mirar pronósticos: el paso se cerraba solo. Nadie discutía con la nieve ni con el viento. Simplemente no se pasaba.
Hoy es distinto.
La conectividad mejoró, el camino está mejor marcado, y eso —admite— tiene cosas buenas. Llegan más insumos, el aislamiento no es tan duro como antes, y ya no hay que esperar semanas para ciertas cosas básicas. Pero con eso también llegó otra gente. Gente que no conoce el lugar como sistema, sino como trayecto.
“Antes el que llegaba sabía a dónde venía”, dice.
“Ahora llegan pensando que esto es como cualquier otro camino.”
No lo dice con rabia. Lo dice como quien ya vio suficientes inviernos para no dramatizar. El problema, explica, no es que vengan, sino que no todos saben cuándo devolverse.
Cuenta que hay días en que el clima cambia sin aviso. El viento empieza a cerrar el paso, la nieve se endurece, y el camino que hace unas horas parecía transitable se vuelve otra cosa. Él lo reconoce. Otros no.
Cuando alguien se queda varado, el problema no es solo de esa persona. Siempre hay alguien que tiene que salir a ayudar. Siempre hay alguien que conoce los tiempos, los desvíos, los lugares donde no conviene insistir. Ese costo no se ve desde el auto ni desde el mapa.
“El camino no avisa”, repite.
“El que tiene que avisar es uno.”
Habla del invierno como si fuera un vecino más. Uno al que se respeta porque no perdona la improvisación. Aquí no se sale cuando se quiere, se sale cuando se puede. Y hay días en que no se sale, aunque haya apuro, aunque haya ganas, aunque el calendario diga otra cosa.
Dice que el lugar no cambió tanto como parece.
Cambió la forma en que la gente se relaciona con él.
Antes el límite era evidente. Hoy hay que aprender a verlo.
Cuando se le pregunta qué es lo que más le preocupa, no habla de la nieve ni del frío. Habla de la insistencia. De la idea de que todo tiene que ser accesible siempre. De la dificultad de aceptar que hay lugares que funcionan con otros tiempos.
“El problema no es el invierno”, dice antes de despedirse.
“El problema es creer que ya no importa.”













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